lunes, 9 de abril de 2018

Heathers, de fracaso en taquilla a fenómeno fan


(Esta entrada era originalmente un trabajo de clase sobre el fenómeno transmedia, pero me gusta tanto el tema que quise ponerla en el blog. Seguramente haga entradas hablando más a fondo de cada una de las producciones en el futuro. Espero que la disfrutéis de todas formas).

En 1988, Michael Lehmann, dirigió la película de humor negro que asentaría las bases para lo que luego sería el popular género de las chicas malas de instituto: Heathers, con guion de Daniel Waters.
Protagonizada por una espectacular Winona Ryder, acompañada de una —en aquel momento— inesperadamente buena actuación de Christian Slater, la obra presenta la vida de instituto de Veronica Sawyer, una joven de 17 años que, ansiosa por ser popular, se une a las tres Heathers que componen la élite social del lugar. Pero la forma de pensar de la protagonista está muy alejada de la de las otras tres, y cuando conoce a J.D, un chico nuevo y bastante peculiar, se atreverá a encararse a los roles establecidos en el instituto. Sin embargo, la pareja lleva sus venganzas demasiado al límite y, de manera involuntaria en el caso de Veronica y ocultamente premeditada en el de J.D, terminan por matar a varios alumnos del instituto.
Pese a los desastrosos resultados obtenidos en taquilla (tuvo un coste de 3 millones de dólares y solo recaudó 1.1 millones), con el tiempo la crítica —tanto a  nivel profesional como de audiencia— terminó por convertirla en una película de culto. 

En 2010 se estrenó el primer musical basado en esta producción cinematográfica. Pero no fue el único ni el más destacado: Heathers cuenta —o ha contado— con diversas representaciones musicales. De entre todas ellas (Joe’s Pub, 2010; Los Ángeles, 2013; Original Off-Broadway, 2014; Australia, 2015-16; The Other Palace London, 2017), la más popular es la de Off-Broadway, que hizo la grabación oficial de todas las canciones que ahora se encuentra disponible en plataformas digitales.
Este musical está vinculado a la película únicamente en su argumento, ya que ni el reparto ni la dirección se corresponden con los de la otra obra: el musical, creado por Laurence O'Keefe y Kevin Murphy, está protagonizado por Barrett Wilbert-Weed y Ryan McCartan, y pertenece a la compañía teatral Sunset Playhouse.
Aunque la historia se mantuvo bastante fiel a la original, algunos elementos de la misma se vieron alterados para facilitar la producción del musical en directo: muchas escenas fueron eliminadas o substituidas, algunos personajes desaparecieron y otros sufrieron ligeras alteraciones en su personalidad. La diferencia principal —más allá del cambio de formato, por supuesto— reside en que el musical explota mucho más la parte cómica y suaviza en cierta medida lo más crudo de la obra gracias a los espectáculos musicales. El humor negro y la crítica social se mantienen, pero algunos personajes dejan de tener esa difusa doble moral para pasarse —ya desde el inicio de la obra, ya a lo largo de la misma— al bando de los “buenos” o al de los “malos”. 
[ALERTA, SPOILER EN ESTE PÁRRAFO] Es significativa, por ejemplo, la escena final en la que J.D termina suicidándose con sus propios explosivos: en la película, lo hace por respeto a una Veronica que se ha vuelto fuerte y que observa la escena impasible, colocándose un cigarro en la boca para encenderlo con las llamas de la explosión; en el musical, J.D muere tras ser consciente de que lo que está haciendo no está bien y  llevarse la bomba con él para proteger a una Veronica muy distinta, que se queda llorando. 

 
Sin embargo, los cambios más significativos se producen en la última producción derivada del clásico del cine de instituto: la serie estrenada este mismo año por Paramount Network. Creada por Jason Micallef y con Grace Victoria Cox y James Scully en los papeles protagonistas, continúa con la premisa del grupo de élite que se impone de manera dictatorial en el instituto, pero adquiere un enfoque que da la vuelta por completo a la historia: las tres Heathers son ahora la clase de persona a las que las Heathers originales habrían hecho bullying; en el nuevo Westerburg High excluye, precisamente a los que no son diferentes. 
En un acto paródico hacia la sociedad actual en lo que todo gira entorno a etiquetas, el nuevo Heathers invierte al antiguo y sigue aprovechando el humor negro para hacer crítica social.
El gran cambio que la serie produce en el argumento ha despertado odios y pasiones, pese a que por el momento solo se puede disfrutar de su episodio piloto, ya que tras el tiroteo de Florida se pospuso su estreno debido al carácter violento de la serie.
El merchandising relacionado con Heahters es más bien escaso: solo en Redbubble y en alguna otra página similar se pueden encontrar productos que comercializan los elementos y frases más icónicos, especialmente del musical, pero no puede compararse con los productos de las grandes producciones audiovisuales.
Lo que sí cabe destacar más allá de las producciones oficiales, es la creación de contenido a manos de aficionados. También en este ámbito la versión más popular de Heathers es la del musical, dado que las canciones abren un amplio abanico de posibilidades de creación online: en YouTube podemos encontrar numerosas covers de las canciones de la obra Off-Broadway, así como lo llamado “animatics”, que podrían ser definidos como storyboards de un videoclip de animación en los que artistas digitales dan vida a los personajes. Es en este tipo de creaciones donde la comunidad fan se manifiesta con mayor potencia y, pese a ser exclusivamente iniciativa de aficionados, termina siendo un gran medio de difusión para la obra original. Yo, personalmente, descubrí la existencia de Heathers gracias a los animatics y fanarts —otra gran manifestación del movimiento fan— de Glamist y Elemental Fa

Fanart de Elemental Fa
El ámbito literario no queda excluido del fenómeno fan: en webs como Wattpad podemos encontrar numerosos fan-fictions cuya historia gira alrededor de Heathers. Algunos pretender ser una continuación de la historia, otros proponen una historia alternativa e incluso se producen casos de crossover, en los que los personajes de Heathers conviven con personajes de otros musicales —como Dear Evan Hansen o Hamilton— o de otras producciones que poco tienen que ver con el drama de instituto de los 80s —como puede ser Crónicas Vampíricas o Harry Potter—.
Así pues, la andanza de Heathers empezó en el 88 como un despropósito en taquilla y ha llegado al día de hoy todavía viva, y no solo en el recuerdo de su película y su musical, sino como una serie y como un filón lleno de oportunidades para creaciones de fans, que promete seguir evolucionando en el futuro.

miércoles, 7 de marzo de 2018

#8deMarzoHuelgaFeminista





A mí nunca me han discriminado en mis estudios. Nunca he visto condicionado mi acceso a la universidad por ser mujer. Nunca me han dicho que no valía para mi carrera por ser mujer. Nunca han cuestionado mi capacidad intelectual por ser mujer.
En las escasas ocasiones en las que he trabajado, nunca cobré menos por ser mujer. Nunca fui adjudicada a un puesto inferior por ser mujer.
Y, a pesar de esto, mañana voy a hacer huelga. Para empezar, porque nunca se sabe en qué momento mi situación puede cambiar; tal vez esos problemas que ahora me son ajenos, pasen a ser míos algún día. Y, para seguir, porque si eso llegase a pasarme me gustaría saber que hay quien me apoya y me ayuda. Este tipo de dificultades son la realidad de un gran número de mujeres, y desde lo más hondo quiero hacerles saber que no están luchando solas. Que todas somos una.
Por ellas, yo mañana haré huelga.

También voy a hacer huelga por mí misma. Sé que he dicho que yo no me veía afectada por los problemas de brecha salarial o discriminación directa, pero creer que los problemas de machismo se limitan a esto sería limitarnos a una mirada muy sesgada.
Tengo 19 años y me gusta salir de fiesta. O simplemente ir a tomar algo. O salir de mi casa, sin más. Y si ha oscurecido y voy sola, la norma general es que debo tener miedo. Y no me gusta admitirlo, pero lo tengo. A veces, aunque vaya con otra de mis amigas. A veces, aunque no haya anochecido.
Sin ir más lejos, el otro día volví a Madrid tras un fin de semana en mi casa, en Galicia. Hago trayecto nocturno y llego a mi piso un buen rato antes de que amanezca. Eran las seis de la mañana y yo estaba volviendo de la estación, arrastrando la maleta. Giré la esquina de mi calle; allí hay un bar, un pequeño local que parece no cerrar nunca. Fuera, junto a la puerta, un hombre fumaba. Yo pasé a su lado, sin apenas mirarle y sin detenerme. Y, después de pasar por delante de él, me giré disimuladamente para asegurarme de que no venía tras de mí. Una vez. Dos. Tres. Él no se movió en ningún momento, pero aun así yo no me sentí segura hasta que me hube alejado más. La verdad es que una no se siente segura hasta que está por fin dentro de su casa.
Si yo hubiese sido un chico de 19 años que carga su maleta por una calle vacía de madrugada, y él hubiese sido una señora de su misma edad que fumaba a la puerta de un bar, no me habría girado ni una sola vez. Porque no tendría miedo.
Por mí, yo mañana haré huelga.

Tal vez este sea un buen momento para incidir en un detalle que parece pasar desapercibido para algunos hombres: las mujeres feministas no odiamos a los hombres. Lo que pasa es que nos han (nos habéis) enseñado a temeros. Lo que odiamos es al miedo, y a nadie le gusta sentir miedo. Por eso queremos cambiar las cosas.
Este cambio requiere una concienciación global. Una concienciación que empieza desde abajo, en el día a día, cuando una chica se maquilla para gustarse a sí misma y no a ellos. O cuando, por esa misma razón, no se maquilla. Y empieza cuando ellos lo aceptan. Empieza con un niño que quiere jugar con muñecas y con una niña que quiere jugar al fútbol, y con unos padres que lo apoyan. Empieza con una mujer que dice tacos y con un hombre al que no le importa llorar viendo una película.
Empieza con muchas cosas. Con muchas cosas pequeñas y otras no tan pequeñas. Con un hombre que hace trabajo de casa porque es su casa y no para “ayudar” a su esposa. Con una mujer que no tiene que dejar su trabajo para dedicarse exclusivamente a la maternidad.
El cambio empieza por aceptar el machismo propio, ese que se nos ha inculcado desde siempre sin que supiésemos identificarlo, y con una predisposición a aprender para corregirlo.
Por los cambios desde abajo, yo mañana haré huelga.

Pero la realidad es más complicada que esto (aunque esto ya sea complicado de por sí). El cambio también tiene que empezar desde arriba. Hacen falta cambios pequeños, pero también cambios grandes. Desde el sistema político, desde las grandes empresas; la gente con influencia es la que puede hacer un cambio notable.
Tal vez si hubiese más mujeres en puestos influyentes, y no solo hombres mirándose, y me permitiréis la expresión, lo que tienen por debajo del ombligo, las cosas serían distintas. La concienciación sobre la situación de la mujer sería real, porque habría personas que la habrían vivido, en mayor o menor medida, en sus carnes. Y porque vale, #notallmen y todo eso, pero la lucha de las mujeres siempre va a ser mejor llevada, y debe ser llevada, por nosotras. Del mismo modo en el que los recortes de sanidad no serían así si en el ministerio de sanidad tuviese una representación considerable de gente que ha atravesado enfermedades. O si el ministerio de educación se compusiese de profesores y alumnos que han experimentado los problemas de primera mano.
 Pero aquí llegamos a la pescadilla que se muerde la cola: el sistema es patriarcal y no atiende a las mujeres; nosotras apenas tenemos presencia en los puestos de importancia. Para que las mujeres podamos romper el techo de cristal se necesita un cambio en la mentalidad de las élites de poder; para que la mentalidad de las élites de poder cambie, necesitamos romper el techo de cristal.
Y de nuevo vuelvo al tal vez (no puedo hablar a ciencia cierta porque desgraciadamente no se ha vivido todavía): tal vez si las mujeres alcanzásemos los puestos de relevancia, tomando más medidas en favor de la igualdad, y la sociedad empezase a identificar a más mujeres como figuras capaces y poderosas, los pequeños cambios surgirían con más facilidad. Tal vez lograríamos incluso vencer el miedo.
Por los cambios desde arriba, yo mañana haré huelga.

Por todo esto haré huelga, pero sobre todo haré huelga por las que no están. En todos los sentidos. Por las que fueron y por las que serán.
Por las primeras, para que su vida, su esfuerzo y su dolor no hayan sido en vano. Por las segundas, para que sean recibidas por un mundo en el ser mujer no las haga sentir condicionadas, sino orgullosas.
Por todo esto, yo mañana haré huelga.

viernes, 9 de febrero de 2018

Y, por fin, literatura en la televisión



No soy espectadora habitual del programa Got Talent España, pero alguna que otra vez, ante la falta de algo mejor que ver, acabo escogiéndolo para que suene de fondo mientras ceno. Con pocas esperanzas puestas en él, le doy de vez en cuando la oportunidad de sorprenderme. Y este fin de semana me ha sorprendido. 

Cuando sintonicé la cadena, había un niño pequeño que cantaba flamenco. No recuerdo como se llamaba. Le dieron tres síes y un no. A mí me pareció que le decían que sí por ser un niño, porque, dentro de mi ignorancia en el tema, no me pareció que lo hiciese bien.
A estas alturas yo ya había desconectado prácticamente del programa, pero el niño se fue y el siguiente concursante apareció en pantalla. Era César, de 24 años, procedente de Guinea Ecuatorial. Iba, como todos los demás, “a cumplir su sueño”, que además, según decía, era un sueño que “llevaba retrasando mucho tiempo”. Nada fuera de la línea del talent show.
Captó mi atención, sin embargo, con su vídeo de presentación en el que dijo que, desde pequeño, le había acompañado su pasión por la escritura. “Un mundo bastante difícil”, explicaba, “pero es mi pasión”.
Salió al escenario con las manos vacías, y yo no podía dejar de preguntarme cómo convertiría su pasión por la escritura en un espectáculo. 

viernes, 19 de enero de 2018

El problema no es Dalas


El pasado tres de enero uno hilo de Javier Ruescas hablando sobre el nuevo libro de Dalas desató la polémica en Twitter. Y sí, sé que se supone que el tema de Dalas ha pasado, pero no es de él de lo que quiero hablar. Al menos, no exactamente. Vengo a hablar de la parte de Dalas que va más allá de él, y que no pasa.