domingo, 21 de junio de 2015

Pienso y callo

Pienso mucho más de lo que digo o escribo, y mucho más de lo que nunca llegaré a decir, sin duda. Pienso mucho más… diez veces más, treinta, cincuenta, cien, mil… ¿qué más da? El caso es que pienso.
Si pudiese mostrar con palabras todo lo que pienso, este blog estaría a reventar de entradas. Pero no puedo… o no quiero. Hay ciertas cosas de las que simplemente no quiero hablar, otras que no sé a quién decir y otras que, por mucho que quisiese, no sabría cómo explicar, porque para ello primero tendría que explicármelo a mí. Y, en ocasiones, por mucho que piense no saco nada en limpio, no avanzo.
Pienso… pienso demasiado, tal vez. En ocasiones me planteo si es normal. ¿Piensan los demás tanto como yo? ¿Dan tantas vueltas a las pequeñas cosas, o a cosas tan grandes que nunca alcanzarán a comprender por mucho que lo intenten, como yo? ¿Piensan en todo cuando caminan, o cuando esperan en la oscuridad hasta quedar dormidos?
Yo pienso en mi día a día, en la gente que está en él. Pienso en la gente que me importa y en la que no. En gente que no conozco, que no me conoce e incluso en gente que no existe. Pienso en chicos. Pienso en un Dios que está ahí arriba, en algún lugar, y en un Dios que no existe. Pienso en el universo, en lo que hay en él y en lo que hay más allá. En la vida y en la muerte. En lo que sé y lo que no sé. Pienso en lo que quiero y en lo que quise. Pienso en mi cuerpo. Pienso en el arte y en cómo se vería el mundo desde los ojos de los demás. Pienso en mis opiniones y en las opiniones que otros me dan.  Pienso en historias que he escuchado, leído o visto y en historias que quiero crear. Pienso en lo que tengo y en lo que no. En a quién tengo y a quién no. Pienso en el amor y en el odio. Pienso en mí. En avanzar y en estancarse. Pienso en el presente, en el pasado y en el futuro. Pienso en cosas banales. Pienso en lo que pienso y en lo que debería pensar.
Pienso… y callo.
Callo porque tengo muchas más razones para callar que para hablar: porque tengo miedo de equivocarme y, en ocasiones, porque tengo miedo de estar en lo correcto; por lo que los demás pueden pensar de mí, o porque no quiero que sepan más de mí de lo que yo les quiero dejar ver; por miedo a arrepentirme luego de lo que he dicho. Callo todo lo que no me atrevo a decir.
No sé si algo sería diferente si hablase más; si todos hablásemos más. ¿Y si nuestra mente fuese transparente? ¿Y si no pudiésemos ocultar nuestros pensamientos? Para bien o para mal, todo sería muy diferente. En cierto modo, creo que sería como si a todos nos quitasen la seguridad de nuestro techo.
Yo, por mi parte, estoy feliz así. En ciertas ocasiones siento que mi mente está a punto de desbordarse y que debería dejar salir todo eso. Pero siempre encuentro una buena razón para callar. Y, hasta el día en la que no la encuentre, seguiré pensando y callando.



 Laura