miércoles, 11 de mayo de 2016

Sobre los refugiados.



«Inhumano, egoísta, vergonzoso, indigno…»
Estas son las respuestas ante la pregunta «¿qué palabra utilizarías para describir, a nivel humanitario, el trato a los refugiados por parte de los países (y gentes) europeos?»
Mi palabra es "hipocresía". La situación que estamos viviendo —que están viviendo todas esas personas que solo buscan alejarse de un infierno que nadie debería vivir— ha generado muchísima hipocresía, al menos en un sector considerable de nuestra “avanzada” sociedad.
Antes de seguir, quiero dejar claro que este no es un texto sobre política: no me gusta hablar de lo que no sé, y no me importa admitir que mis conocimientos sobre política son muy limitados. Este texto, que escribo desde mi modesta subjetividad, es un texto sobre personas.
De lo que yo quiero hablar no es del ínfimo número de refugiados que llegan a ser acogidos por países como el nuestro, ni de las decisiones de la UE. Si bien es cierto que no es un tema falto de polémica, reitero en el hecho de que hablar sin saber es peor que guardar silencio.
De lo que yo vengo a hablar es de las reacciones que esto ha provocado; reacciones de las que no me da reparo opinar, pues estas sí las he comprobado de primera mano.
Que en ocasiones lo políticamente correcto es imprescindible es algo innegable; dedicar una sonrisa o un “gracias” que no siente, pequeños gestos que, como mentiras piadosas, calman el ambiente y evitan tensiones. El problema surge cuando la situación va más allá y la gente se autoconvence de que lo políticamente correcto es suficiente. Consuelan sus escasos remordimientos diciéndose que ya han hecho todo lo que podían hacer, mintiéndose de la misma manera en la que lo harían de creer que por abrir un paraguas han parado la lluvia.
Y aquí aparece nuestra hipocresía. Decimos que nos preocupa la situación de los refugiados, pero lo expresamos de una forma ridículamente similar a como expresamos nuestra tristeza cuando al personaje de nuestra película favorita le ocurre algo malo; formamos una línea fina con nuestros apretados labios, fruncimos un poquito el ceño y nos llevamos a la boca un nuevo bocado, que masticamos más despacio de lo habitual, casi con solemnidad, mientras sacudimos triste y lentamente la cabeza ante el telediario de mediodía. Pero luego, en cuanto el reportaje se acaba, es como si hubiesen empezado a correr los créditos finales de aquella ficticia película. Y entonces, ¿qué? Tal vez un comentario o dos —«pobrecillos»—, pero nada más. Nadie hace nada. ¿Para qué? La lástima es un sentimiento efímero, y nuestros protagonistas, los refugiados —aunque tal vez estaría mejor hablar de un único protagonista, porque siempre se los presenta como una masa homogénea, sin pasado ni vida propia y diferenciada —, ya han salido de escena.
Tristemente, este contexto doméstico es extensible a muchos otros ámbitos. Seré clara y concreta. Al fin y al cabo, ¿para qué andarse con rodeos? No necesito salir de mi propio ayuntamiento para ver las claras muestras de esta falsa preocupación. Ante las decisiones de la UE, por las que hubo un gran revuelo del que, como ya he dicho, prefiero no hablar, mi ayuntamiento, como muchos otros, bajó la bandera de la UE a media asta como protesta. Un gesto que muchos aplaudieron. «Qué solidarios y concienciados», podrían decir algunos. La verdad es otra, y es bastante más triste y decepcionante.
La verdad sobre esto es que en mi ayuntamiento no se ha llevado a cabo ni la más pequeña de las iniciativas que ofrecen verdadera ayuda. Ni colectas de ropa, ni de comida; ni siquiera esas recolectas de dinero en las que la mayor parte del dinero no llega a su destino. Nada.

Por el simple hecho de que estés leyendo esto me imagino que eres una persona con recursos: dispones de un ordenador, un teléfono móvil o cualquier otro aparato electrónico con acceso a internet.
Imagina que no tienes nada de eso. Imagina que, por alguna razón, tienes que dejar tu hogar, con lo puesto, para viajar en pésimas condiciones a un país que te es extraño y que te ofrecerá un refugio de condiciones tan malas como las del viaje. No tienes dinero, ni ropa limpia. En ocasiones no tienes ni comida. Pero el hambre y el frío son preferibles a lo que hubieses vivido de haberte quedado en tu país, así que luchas para afrontarlo.  
Posiblemente lo único que desearías en ese momento es ayuda para ti y para las personas que quieres. Recibirías alguna, claro, porque afortunadamente el concepto de altruismo no ha caído en desuso para todo el mundo, pero serían ayudas limitadas. Porque en un ayuntamiento lejano —o no tan lejano, depende de cómo se quiera ver —, la gente te ve en la televisión con gesto congestionado y luego, se olvida de ti.
Pero, ¿qué más da todo eso? ¿Qué más da el hambre? ¿Qué más da el frío? Lo importante es que, en aquel ayuntamiento (no tan) lejano, una bandera ondea a media asta por ti y por la gente en tu misma situación. Y eso es suficiente; tal vez no para ti, pero si para la gente que mira con orgullo esa bandera.
Dejando ya a un lado la agria ironía, triste escudo ante las situaciones duras, volvamos a la realidad; volvamos a esa realidad en la que tú no eres la persona que huye, sino la que admira la bandera. Eres la persona que, seguramente, tenga el armario lleno de ropa que ya no usa.
Es triste pensar que esto es algo que está ocurriendo ahora mismo. Pero está en nuestra mano que esta situación sea un poco menos inhumana, egoísta, vergonzosa, indigna e hipócrita. Así que, desde aquí, hago un llamamiento a quien quiera escucharme: apagad la televisión y haced frente a una realidad que, si bien es triste, sería mejorable si todos nosotros hiciésemos un acto de caridad. No es el momento de lo políticamente correcto, es el momento de la acción. 

Y, ante todo, os pido algo: recordad, ahora y ante cualquier situación, que por encima de todo está la moral, que es lo que nos hace humanos. Lo que nos hace humanos a todos. No importa la religión, el país, el sexo… Cuando un humano sufre, el “no va conmigo” no vale, porque siempre podemos hacer algo por ayudar a los demás (incluso ahora, cuando la crisis económica parece una excusa irrebatible para poder hacer alarde de nuestra falta de altruismo sin que eso cause remordimientos). Como escribió Josefina Aldecoa, «la moral […] está por encima de las religiones. La moral es el resultado de aceptar la verdad y la justicia en todas partes del mundo. Porque la verdad y la justicia no tienen fronteras». 

domingo, 8 de mayo de 2016

¡Vuelvo al blog!



¡Buenos días, tardes o noches!
Supongo que a estas alturas ya nadie esperaría volver a ver una entrada en este blog, pero… ¡sorpresa! He vuelto.
No sé si queda por aquí alguien de los que visitaba este blog antes, pero con la de tiempo que he estado sin publicar nada, no me sorprendería que no. De todas formas, no importa: Si ya has estado por aquí, bienvenido de nuevo; si no, bienvenido también.
La razón por la que vuelvo al blog es bastante sencilla: estoy a las puertas de mi último curso de instituto y he decido que el año que viene quiero estudiar periodismo. Y, ¿qué mejor para practicar que un blog en el que puedo escribir todo lo que me venga en gana?
Si has visto el blog antes, supongo que te has dado cuenta de que le he dado un cambio de aspecto radical (hace meses que lo cambié, pero no creo que nadie reparara en ello porque no publiqué nada después de cambiarlo). En cuanto a contenido también habrá algún que otro cambio: seguiré publicando reseñas y entradas de opinión, pero además también trataré a veces sobre temas “de actualidad”, por así decirlo.
Y no hay mucho más que decir. Empezaré a actualizar pronto y, como siempre, agradeceré todos los comentarios que me dejéis e intentaré responder.
¡Nos leemos!