martes, 16 de agosto de 2016

Sobre el peso de las modelos.

Y dijo la opinión popular:



«Ella es demasiado delgada.
Ella es anoréxica.
Ella está enferma, su peso no es sano.
Ella no debería tener tanta influencia, porque su cuerpo no es la clase de cuerpo que una chica debería desear.
Lo que hace está mal».






«Ella es reivindicativa.
Ella es feminista.
Ella defiende la diversidad, sin complejos.
Ella debería tener más influencia, porque ama su cuerpo, y anima a los demás a hacerlo.
Lo que hace está bien».





En la primera foto tenemos a Bridget Malcolm, modelo. En la segunda foto, a Tess Holliday, también modelo.
Aunque Bridget Malcolm desfila para una firma tan influyente como es Victoria’s Secret, Tess Holliday no se queda atrás en reconocimiento: desfila para MiLK Management y la revista Vogue Italia la ha calificado como una de las seis modelos de tallas grandes más importantes del panorama de la moda actual. Ha sido el rostro (y el cuerpo) de varios programas de televisión y de una gran cantidad de vallas publicitarias.
Tess Holliday es, en cierto modo, única en su campo. Anna Shillinglaw, directora de la agencia que la contrató, dijo en una entrevista: “Creo que somos la única agencia con una modelo de su talla. Ella es por lejos la modelo más grande que he tenido en la división Curve”. Y, por lo visto, ahora tener un sobrepeso tan grande, la hace mejor.

No tengo muy claro en qué momento razonamientos como estos se hicieron válidos. Supongo que todo comenzó con esa ansia transgresora sin límites que tan inculcada está a día de hoy. Demasiados escándalos: modelos cada vez más delgadas, chicas que caían en trastornos alimenticios para conseguir sus figuras, quejas por el tallado cada vez más reducido de las grandes compañías textiles. Y la industria de la moda (o al menos parte de ella) tuvo que aceptarlo por fin: sus consumidores exigían un cambio.
Y por un momento, la cosa parecía ir bien. Las medidas de las modelos empezaron a diversificarse, y la talla grande, el llamado fenómeno “curvy”, se hizo un hueco notable en la moda, con el respaldo de los defensores de la naturalidad.
Pero todo debería tener un límite. Y digo “debería”, porque por lo visto no lo tiene. Cuando se constató la aceptación de este nuevo tipo de modelos, las grandes firmas (y las pequeñas también, aunque con menos repercusión) decidieron jugar al quién da más.  
Ganaba, por supuesto, el que tuviese la modelo más gorda. Esta era presentada como un símbolo de diversidad, de aceptación de uno mismo, de feminismo y de cualquier otro termino con el que pudiesen proclamar lo abiertos de mente que eran.
Buscando información en internet sobre el tema, encontré una entrevista a Tara Lynn, otra cotizada modelo de tallas grandes (aunque con unas medidas mucho más moderadas que las de Holliday), y me sorprendió ver cómo ella misma era capaz de ver todo esto desde dentro. Decía:

“Mucha de la atracción mediática que captamos entonces las modelos de tallas grandes parecía dirigida a encubrir la presencia de tanta maniquí esquelética.
Por momentos nos sentimos como una diversión más en ese circo.
Algo así como: ‘Mirad, apostamos por la diversidad’.
Piensas que has roto un molde, cuando, en realidad, te han metido en otro”.


Sin embargo, no todo el mundo parecía ver las cosas como las veía Tara Lynn. El juego continuaba y MiLK Management se alzó como último ganador tras contratar a Tess Holliday. Reivindicando el derecho de cada uno a amar su propio cuerpo e incluso rechazando términos como “curvy” por considerarlo un eufemismo innecesario, Holliday encajaba a la perfección en este nuevo molde del que hablaba la otra modelo. Lo último que pretendo es menospreciar su labor (sea de modelo, sea de figura pública), pero no acabo de entender porqué ella se le aplaude cuando se muestra orgullosa de su cuerpo mientras que Bridget Malcolm ha sido recientemente el centro de una gran polémica por la misma razón.

Bridget Malcolm mide 1,79 m y pesa 55 kg. Su índice de masa corporal es de 17,2 kg/m2.
Tess Holliday mide 1,65 m y pesa 120 kg. Su índice de masa corporal es de 44,07 kg/m2.
El IMC de una mujer adulta con un peso apropiado debería estar entre 19 y 24 kg/m2.
 
No es difícil ver que Malcolm está mucho más próxima a un peso sano de lo que está Holliday, pues el IMC de la primera se puede alcanzar estando sano si tienes una complexión delgada.
Con esto no pretendo atacar a nadie ni convencer a nadie. Solo pretendo dar mi opinión sobre uno de esos aspectos de nuestro día a día que encuentro un tanto ilógico. Creamos temas tabú sin necesidad de ello, autoconvenciéndonos de que si algo es malo, lo contrario será bueno, y ese razonamiento no siempre es válido. Ahora que nos permitimos decir “oye, deberías coger peso, estar tan delgada no es sano”, no deberíamos vetarnos el “oye, deberías bajar de peso, estar tan gorda no es sano”.
Así que, del mismo modo en el que modelos demasiado delgadas no deberían ser el ejemplo a seguir de todas esas chicas a las que el mundo de la moda influencia más o menos directamente, las modelos demasiado gordas tampoco.
Es obvio que al mundo de la moda le falta mucho para representar la imagen de la mujer real y las medidas que se están tomando para cambiarlo no son las adecuadas. En lugar de decantarse por los extremos, se debería apostar por una diversidad real; una diversidad que diese cabida a modelos como Bridget Malcolm y como Tess Holliday, sí, porque más allá de las pasarelas hay mujeres con cuerpos similares a los suyos a las que les gustará que la moda las tenga en cuenta. Pero también una diversidad que vaya más allá y en la que predomine, ante todo, el cuerpo sano

martes, 2 de agosto de 2016

Apologías a golpe de "porque sí"




No me considero retrógrada.
No me considero mejor que nadie.
No considero que cuestione los derechos ajenos.

Y, a pesar de todo, la opinión popular insiste en que me equivoco al pensar eso. ¿Por qué? Es sencillo, porque sostengo que no todas las opiniones son igual de válidas.
La verdad es que creo que pronunciar esas palabras en voz alta es la forma más eficaz de convocar a un tipo de individuo en concreto: ese que se las da de moderno y, con fachada de hombre/mujer de izquierdas, te dirá con tono de reproche «eso va en contra de la igualdad».
Pero el tema de la igualdad está ya muy masticado. Troceado, reblandecido y fácil de tragar… ¿no es eso lo que nos gusta? Nos gusta que alguien nos diga «los seres humanos somos iguales en todo», y nosotros, que no queremos tener que darle muchas vueltas a las cosas (porque pensar supone un esfuerzo cada vez mayor, por lo que se ve) aplaudimos esa idea, que vemos como tan cierta y justa, y que es tan fácil de adoptar.
Ahora la desigualdad se ha convertido en un tema tabú, produciendo un rechazo automático injustificado. Por supuesto que la igualdad entre personas está ahí, pero no en cualquier ámbito. Defiendo y defenderé siempre la igualdad del valor de las personas como seres humanos, pero ¿también debo defender la igualdad del valor de las personas como arquitectos, por ejemplo? ¿Como cocineros? ¿Como artistas? ¿Como astronautas? No. Las personas somos desiguales y eso no es algo malo. «Si todos fuésemos iguales, el mundo estaría perdido», dice mi abuelo, acertadamente.
A la distorsionada idea de “igualdad” se debe sumar otra idea más distorsionada, si cabe: la libertad de expresión. Casi en alianza con el relativismo, la libertad de expresión es vista por muchos como que “puedo decir lo que quiera y la gente tiene que aceptarlo,  porque es mi opinión, y las opiniones hay que respetarlas”. Y ante la pregunta de por qué deben ser respetadas las opiniones, llega la gota que colma el vaso (un vaso que ya hemos llenado con significados tergiversados): el “porque sí”.
Basta con esas dos palabras para echar abajo cualquier argumento que se pueda plantear porque… bueno, porque sí. Porque al existir la “libertad de expresión” (permitidme entrecomillarlo, de tanto que se ha retorcido el término casi debería tener un nombre nuevo) no necesitan tener razones. Y como existe la “igualdad” (otro tanto de lo mismo) nadie puede cuestionar lo que dicen, puesto que nunca será más incorrecto que la opinión de ningún otro.
Y con este sencillo proceso, señores y señoras, es como la “igualdad” y la “libertad de expresión” se convierten en los nuevos escudos de la ignorancia.
Ahora cualquiera puede decir que el cielo es verde pistacho, porque es su opinión y, oye, debes respetarla. Si él lo piensa, es verdad para él, aunque tú veas el cielo azul. Él opina que es verde pistacho, porque sí, y ya está. 

Estamos haciendo que algo tan esencial como pensar se haga, poco a poco, prescindible y estamos dando rienda suelta a la estupidez. Estamos haciendo que las conversaciones en las que se buscaba lo correcto mediante intercambio de argumentos desaparezcan, porque ahora ya no existe lo correcto y lo incorrecto; solo existe “mi opinión” y “tu opinión”.
Esta ignorancia maquillada de derecho me ha hecho partícipe de conversaciones como:
«—Los chinos me caen mal.
—Te caerá mal algún chino, no todos.
—No, no. Me caen todos mal. Ya podrían volver a su país, o morirse todos — (Y aquí me muerdo la lengua para no decir: ¿Oye, conoces a Hitler? Era un tío bajito, por lo que se dice… así, con bigote y tal. A lo mejor te suena del libro de historia).
—¿Por qué?
—Yo que sé, porque sí. Es que no me gusta ni verlos.
—Pero alguna razón tendrás, digo yo. Porque lo de que no te gusta verlos no tiene mucho sentido…
—Bueno, es mi opinión. Si a mí no me gustan, pues no me gustan. ¿No tengo derecho a pensar lo que quiera?». 

En ocasiones creo que es culpa mía, que siento debilidad por los argumentos… no sé. Respetaré todas las opiniones, incluso aquellas con las que no esté de acuerdo, siempre y cuando me den razones para ello, pero me niego a dar por válidos los “porque sí”.
Tal vez a una persona le guste la sal porque sí, eso a nadie le importa. Pero la próxima vez que alguien diga alguna tontería que te haga desear ser sordo (como su deseo por exterminar a todos los chinos) y la defienda con un “porque sí”, puede que te acuerdes de mí… de la retrógrada.