martes, 2 de agosto de 2016

Apologías a golpe de "porque sí"




No me considero retrógrada.
No me considero mejor que nadie.
No considero que cuestione los derechos ajenos.

Y, a pesar de todo, la opinión popular insiste en que me equivoco al pensar eso. ¿Por qué? Es sencillo, porque sostengo que no todas las opiniones son igual de válidas.
La verdad es que creo que pronunciar esas palabras en voz alta es la forma más eficaz de convocar a un tipo de individuo en concreto: ese que se las da de moderno y, con fachada de hombre/mujer de izquierdas, te dirá con tono de reproche «eso va en contra de la igualdad».
Pero el tema de la igualdad está ya muy masticado. Troceado, reblandecido y fácil de tragar… ¿no es eso lo que nos gusta? Nos gusta que alguien nos diga «los seres humanos somos iguales en todo», y nosotros, que no queremos tener que darle muchas vueltas a las cosas (porque pensar supone un esfuerzo cada vez mayor, por lo que se ve) aplaudimos esa idea, que vemos como tan cierta y justa, y que es tan fácil de adoptar.
Ahora la desigualdad se ha convertido en un tema tabú, produciendo un rechazo automático injustificado. Por supuesto que la igualdad entre personas está ahí, pero no en cualquier ámbito. Defiendo y defenderé siempre la igualdad del valor de las personas como seres humanos, pero ¿también debo defender la igualdad del valor de las personas como arquitectos, por ejemplo? ¿Como cocineros? ¿Como artistas? ¿Como astronautas? No. Las personas somos desiguales y eso no es algo malo. «Si todos fuésemos iguales, el mundo estaría perdido», dice mi abuelo, acertadamente.
A la distorsionada idea de “igualdad” se debe sumar otra idea más distorsionada, si cabe: la libertad de expresión. Casi en alianza con el relativismo, la libertad de expresión es vista por muchos como que “puedo decir lo que quiera y la gente tiene que aceptarlo,  porque es mi opinión, y las opiniones hay que respetarlas”. Y ante la pregunta de por qué deben ser respetadas las opiniones, llega la gota que colma el vaso (un vaso que ya hemos llenado con significados tergiversados): el “porque sí”.
Basta con esas dos palabras para echar abajo cualquier argumento que se pueda plantear porque… bueno, porque sí. Porque al existir la “libertad de expresión” (permitidme entrecomillarlo, de tanto que se ha retorcido el término casi debería tener un nombre nuevo) no necesitan tener razones. Y como existe la “igualdad” (otro tanto de lo mismo) nadie puede cuestionar lo que dicen, puesto que nunca será más incorrecto que la opinión de ningún otro.
Y con este sencillo proceso, señores y señoras, es como la “igualdad” y la “libertad de expresión” se convierten en los nuevos escudos de la ignorancia.
Ahora cualquiera puede decir que el cielo es verde pistacho, porque es su opinión y, oye, debes respetarla. Si él lo piensa, es verdad para él, aunque tú veas el cielo azul. Él opina que es verde pistacho, porque sí, y ya está. 

Estamos haciendo que algo tan esencial como pensar se haga, poco a poco, prescindible y estamos dando rienda suelta a la estupidez. Estamos haciendo que las conversaciones en las que se buscaba lo correcto mediante intercambio de argumentos desaparezcan, porque ahora ya no existe lo correcto y lo incorrecto; solo existe “mi opinión” y “tu opinión”.
Esta ignorancia maquillada de derecho me ha hecho partícipe de conversaciones como:
«—Los chinos me caen mal.
—Te caerá mal algún chino, no todos.
—No, no. Me caen todos mal. Ya podrían volver a su país, o morirse todos — (Y aquí me muerdo la lengua para no decir: ¿Oye, conoces a Hitler? Era un tío bajito, por lo que se dice… así, con bigote y tal. A lo mejor te suena del libro de historia).
—¿Por qué?
—Yo que sé, porque sí. Es que no me gusta ni verlos.
—Pero alguna razón tendrás, digo yo. Porque lo de que no te gusta verlos no tiene mucho sentido…
—Bueno, es mi opinión. Si a mí no me gustan, pues no me gustan. ¿No tengo derecho a pensar lo que quiera?». 

En ocasiones creo que es culpa mía, que siento debilidad por los argumentos… no sé. Respetaré todas las opiniones, incluso aquellas con las que no esté de acuerdo, siempre y cuando me den razones para ello, pero me niego a dar por válidos los “porque sí”.
Tal vez a una persona le guste la sal porque sí, eso a nadie le importa. Pero la próxima vez que alguien diga alguna tontería que te haga desear ser sordo (como su deseo por exterminar a todos los chinos) y la defienda con un “porque sí”, puede que te acuerdes de mí… de la retrógrada.

1 comentario:

  1. Maravilloso....."teu silencio está cheo de sabiduría"Enhorabuena....Laura...

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