lunes, 24 de abril de 2017

El vestido amarillo.





A ella le encantaba su vestido amarillo. Cualquiera lo entendería: le quedaba espléndido; hacía que su piel se viese más morena y que sus ojos brillasen más.
Cuando se ponía aquel vestido amarillo parecía bailar en lugar de caminar, y el vuelo de su falda hacía que pareciese un segundo sol que paseaba por la playa y lo iluminaba todo, un segundo sol que metía los pies en el agua y sonreía, y su sonrisa la hacía brillar aún más. Sería por esa luz por lo que nadie notaba su tristeza, por lo guapa que estaba con su vestido amarillo.
Supongo que por eso se lo puso aquel día, siendo un día tan importante como era. Con su vestido amarillo, con su piel morena y con su aura mágica estaba radiante… y eso es lo que cualquiera quiere a la hora de afrontar su eternidad.  Pero hubo dos cosas en las que no pensó: que el amarillo, mezclado con el azul oscuro del océano, se vuelve verde, y que el frío del mar y de la muerte vuelve pálida la piel morena.
Me pregunto si aquel día, mientras entraba al mar, mientras aquellos últimos rayos de su sol se apagaban sin que nadie fuese testigo de su ocaso, también sonreiría con aquella sonrisa tan bonita que tenía. Casi tan bonita como su vestido amarillo.