viernes, 2 de junio de 2017

e, x, @



Todes, todxs, tod@s somos iguales.
Todos y todas somos iguales.
¿Todos somos iguales? Para mí, sí.

Citando un texto de Ignacio Bosque, quisiera empezar distinguiendo dos tipos de enunciados que muchos consideran iguales y que, para mí, no lo son. Poniendo los ejemplos de Bosque, “en  el  turismo  accidentado viajaban  dos  noruegos  con  sus  mujeres” es, efectivamente, un uso machista del lenguaje; no lo es, no obstante, decir “los  trabajadores  de  la  empresa”, ya que en “trabajadores” se incluye tanto a hombres como a mujeres.
El problema aquí aparece, por lo visto, porque en el último ejemplo no se visibiliza a la mujer. Los pequeños avances de las mujeres en nuestra sociedad, alcanzando algún que otro alto cargo y consiguiendo (por fin) integrarse en ciertos oficios tradicionalmente asociados a hombres, parecen haber creado la apremiante necesidad de visibilizar en el lenguaje. Pero, ¿qué queremos visibilizar exactamente? Desde mi punto de vista, si lo que queremos visibilizar es esa realidad en la que la mujer empieza a hacerse un hueco, ni la e, ni la x, ni el @ son adecuados. Porque entonces no serían “todos y todas”, sino “todos y todas.
La triste realidad es que estamos todavía muy lejos de alcanzar la paridad y que lo único que visibilizamos es una mentira. Entiendo cuál es la motivación, pero no puedo estar de acuerdo con el método: se quiere hacer notar la presencia de la mujer e iniciar un cambio social, lo cual es admirable. Si bien, no es el lenguaje el que cambia la realidad, sino la realidad la que cambia el lenguaje. Intentar imponer en el lenguaje una forma que no nace por sí sola conllevará rechazo.
Dejaré claro adónde pretendo llegar: «No empieces a engañarte con las palabras. La libertad está ahí y hay que luchar por ella pero no empieces a conformarte con las palabras. Las palabras se gastan y pierden brillo. Los hechos no…». Esto lo que escribió Josefina Aldecoa en su libro Historia de una maestra. Sin embargo, por más que pasan los años, seguimos tropezando una y otra vez en la misma piedra: seguimos engañándonos con las palabras.
No me malinterpretéis, conozco la importancia de las palabras. Leo, escribo, escucho canciones. Charlo con gente. Sé de sobra que la palabra es algo de valor.  Pero las palabras sin actos no son nada.
Si de verdad queréis llegar a un lenguaje inclusivo, luchad de verdad por una sociedad inclusiva.
Yo soy mujer, y tan defensora de la igualdad entre sexos como la que más. Y más de una vez parecen haber dudado de esto último al oírme afirmar que a mí no me ofende ni me hace sentir excluida que se refieran a mí con expresiones como “todos los presentes” o “todos los estudiantes”. Yo me sentiré excluida el día que cobre menos que mis compañeros de trabajo por ser mujer, o el día que directamente no me contraten por esa razón. En ese caso sí que me sentiría discriminada y haría todo lo que estuviese en mi mano para cambiar mi situación, pero una palabra pronunciada sin intención de dejarme fuera no es algo que considere relevante.
Lo que pretendo hacer ver es que el lenguaje no es sexista. Lo sexista son las personas y el uso que hacen de él.
Creo que ha quedado claro que, aunque no me opongo a ello, no soy defensora del plural neutro. Creo que es algo que debe darse por sí solo y no por una imposición forzada de los hablantes, pero más allá de todo esto hay un punto común al que cualquier persona con dos dedos de frente debería aspirar, un “todos y todas” que va mucho más allá de la lengua: una sociedad feminista en la que todos/todos y todas/todes/todxs/tod@s/o-cómo-queráis-decirlo seamos considerados iguales, indiferentemente de nuestros sexo. Me da igual cómo habléis pero, por favor, actuad para conseguirla.

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